La Aljafería: del palacio taifa a las Cortes de Aragón
Mil años de historia en un edificio que ha sido fortaleza islámica, palacio cristiano, cuartel militar y sede parlamentaria
Un palacio con mil vidas
Hay edificios que acumulan historia por capas, como un yacimiento arqueológico en vertical. La Aljafería de Zaragoza es uno de ellos. En sus muros conviven arcos islámicos del siglo XI, salones mudéjares del XIV, estancias renacentistas de los Reyes Católicos y un hemiciclo parlamentario del siglo XX. Pocos edificios en España —quizá en Europa— pueden presumir de una biografía tan densa.
La joya de la taifa de Saraqusta
Todo empezó en la segunda mitad del siglo XI, cuando Abu Yafar Ahmad ibn Sulayman al-Muqtadir, rey de la taifa de Saraqusta, decidió construirse un palacio de recreo extramuros de la ciudad. Era hacia 1065-1081, y la Saraqusta islámica vivía su momento de mayor esplendor cultural.
Al-Muqtadir no escatimó. Levantó un recinto amurallado con torreones circulares y, en su interior, un palacio de ensueño organizado alrededor de un patio con jardín y una alberca central. Los arcos entrelazados, las yeserías caladas y la decoración geométrica rivalizaban con lo mejor de Córdoba. De hecho, la Aljafería es el único testimonio conservado de un gran palacio de la época de los reinos de taifas, lo que la convierte en una pieza única del arte islámico en Europa.
El nombre "Aljafería" viene de al-Yafariyya, en honor a Abu Yafar, el sobrenombre del rey constructor. Un nombre que ha sobrevivido casi mil años, más que muchas dinastías.
La mezquita privada: un espacio de belleza sobrecogedora
Dentro del palacio taifa, el oratorio o mezquita privada es la estancia más delicada. Un pequeño espacio octogonal con un mihrab orientado a La Meca, cubierto de arcos mixtilíneos y yeserías de una finura extraordinaria. Cuando entras ahí y levantas la vista, cuesta creer que esto se talló hace casi mil años. Es uno de esos lugares donde el tiempo se pliega sobre sí mismo.
La reconquista: nuevos dueños, nuevas capas
En 1118, Alfonso I el Batallador conquistó Zaragoza y la Aljafería pasó a manos cristianas. Pero los nuevos reyes no la derribaron: la adaptaron. Durante los siglos XII y XIII, los monarcas aragoneses la usaron como residencia real y fueron añadiendo elementos mudéjares que dialogaban con la decoración islámica original.
El gran impulso cristiano llegó con Pedro IV el Ceremonioso en el siglo XIV, que encargó un nuevo palacio dentro del recinto con salones góticos y capilla propia, la iglesia de San Martín. El estilo mudéjar aragonés —esa mezcla única de tradiciones islámica y cristiana— encontró aquí uno de sus mejores escenarios.
Los Reyes Católicos: poder y propaganda
Fernando II de Aragón e Isabel de Castilla dejaron su huella en la Aljafería con una intervención monumental. En las últimas décadas del siglo XV, encargaron la construcción de la planta superior del palacio, con una escalera noble, un salón del trono espectacular y una galería de arcos con decoración de yesos policromados que exhibían los símbolos heráldicos de los reyes.
El Salón del Trono es una de las estancias más impresionantes del palacio. Su techumbre de madera policromada, con artesonado de casetones dorados, es una declaración de poder: Fernando quería que quien entrara ahí supiera exactamente quién mandaba en Aragón. Y en media Europa, ya puestos.
Siglos oscuros: la Inquisición y los cuarteles
La historia de la Aljafería tiene también sus capítulos sombríos. Desde el siglo XV, parte del edificio fue sede del Tribunal de la Inquisición en Aragón. La torre del Trovador —una torre defensiva que ya existía antes del palacio taifa— sirvió como prisión inquisitorial. Sí, la misma torre que inspiró a Verdi para su ópera "Il Trovatore" en 1853.
Pero el peor daño vino después. Durante los Sitios de Zaragoza (1808-1809), la Aljafería sufrió graves desperfectos por los bombardeos franceses. Y durante todo el siglo XIX y buena parte del XX, el edificio fue utilizado como cuartel militar. Las sucesivas reformas castrenses arrasaron buena parte de la decoración original: tabicaron arcos, encalaron yeserías y demolieron estructuras para adaptar el espacio a las necesidades del ejército.
Para cuando el ejército abandonó el edificio a mediados del siglo XX, la Aljafería era una ruina parcial. Fotografías de la época muestran arcos islámicos medio enterrados bajo capas de yeso, patios convertidos en almacenes y salones reales irreconocibles.
La resurrección: las Cortes de Aragón
La restauración de la Aljafería es una de las grandes historias de recuperación del patrimonio español. Comenzó en los años 1940 bajo la dirección del arquitecto Francisco Íñiguez Almech y continuó durante décadas, con campañas sucesivas que fueron desvelando —literalmente, raspando capas de cal— la decoración original.
En 1987 llegó el giro definitivo: las Cortes de Aragón eligieron la Aljafería como su sede. El arquitecto Luis Franco y el equipo de restauración diseñaron una intervención que integra un hemiciclo parlamentario moderno dentro del recinto histórico, respetando las estructuras originales. Desde entonces, los diputados aragoneses legislan rodeados de arcos taifas y techumbres mudéjares. No es mal sitio para discutir presupuestos.
Visitar la Aljafería hoy
El palacio es visitable y la entrada general cuesta unos pocos euros (consulta precios actualizados en la web de las Cortes). El recorrido incluye el patio de Santa Isabel con la alberca reconstruida, los salones taifas con sus arcos restaurados, la mezquita privada, las estancias de los Reyes Católicos y el hemiciclo parlamentario.
Un consejo: ve a primera hora, cuando hay menos gente, y dedícale al menos hora y media. Y cuando estés en el patio, con los arcos entrelazados reflejándose en el agua de la alberca, piensa que hace casi mil años un rey poeta contemplaba exactamente la misma vista. Eso es lo que tiene la Aljafería: te conecta con capas de tiempo que normalmente solo existen en los libros.
Artículo generado con IA y revisado por el equipo de Vive Zaragoza.
